Durante años, el ejercicio físico se recomendaba a las personas con cáncer únicamente para mantener la movilidad o evitar la pérdida de condición física. Sin embargo, la investigación de las últimas décadas ha cambiado por completo esta visión. Hoy sabemos que el músculo es mucho más que un tejido encargado del movimiento: actúa como un auténtico órgano endocrino capaz de comunicarse con el resto del organismo y generar sustancias con efectos beneficiosos para la salud.

Cada vez existen más estudios que demuestran que un programa de ejercicio físico adaptado puede mejorar la calidad de vida, reducir la fatiga, preservar la masa muscular e incluso asociarse con un mejor pronóstico en determinados tipos de cáncer. Aunque el ejercicio no sustituye en ningún caso a los tratamientos oncológicos, sí se ha consolidado como una herramienta terapéutica complementaria de enorme valor.

El metabolismo del cáncer: una gran demanda de energía

Las células tumorales necesitan una cantidad muy elevada de energía para crecer y multiplicarse. Para obtenerla utilizan principalmente nutrientes como la glucosa y, en determinadas circunstancias, también el lactato, dos moléculas fundamentales para el metabolismo celular.

Con el objetivo de garantizar un suministro constante de estos nutrientes, muchos tumores desarrollan nuevos vasos sanguíneos a su alrededor mediante un proceso conocido como angiogénesis. Esta red vascular facilita la llegada de oxígeno y nutrientes, favoreciendo el crecimiento del tumor.

Sin embargo, el organismo también dispone de otro tejido con una enorme capacidad para consumir energía: el músculo esquelético.

Cuando hacemos ejercicio, los músculos aumentan enormemente sus necesidades energéticas

Cada vez que realizamos actividad física, especialmente entrenamiento de fuerza o ejercicio de intensidad moderada o alta, los músculos incrementan de forma muy importante su consumo energético.

Para producir la energía necesaria durante la contracción muscular, el organismo moviliza glucosa almacenada en sangre y en forma de glucógeno, además de utilizar lactato como combustible metabólico. De hecho, en los últimos años se ha descubierto que el lactato no es un simple producto de desecho, sino una fuente de energía muy valiosa para diferentes tejidos, incluido el músculo.

Este aumento de la demanda energética hace que una mayor cantidad de estos sustratos sea utilizada por el tejido muscular durante el ejercicio.

El músculo y el tumor comparten parte de sus necesidades metabólicas

Este fenómeno ha llevado a numerosos investigadores a plantear una hipótesis muy interesante: durante el ejercicio, el músculo y el tumor comparten parte de los mismos recursos metabólicos.

Aunque todavía se sigue investigando hasta qué punto este fenómeno puede influir directamente sobre el crecimiento tumoral en humanos, diversos estudios experimentales sugieren que el ejercicio modifica el entorno metabólico del organismo y puede dificultar algunas de las condiciones que favorecen el desarrollo del cáncer.

Por este motivo, algunos investigadores describen el ejercicio físico como un posible “competidor metabólico” del tumor. Esta expresión no significa que el ejercicio haga desaparecer un cáncer por sí solo, sino que ayuda a crear un entorno fisiológico menos favorable para el crecimiento tumoral y más beneficioso para el funcionamiento normal del organismo.

El músculo es un órgano endocrino

Uno de los descubrimientos más importantes de la fisiología moderna ha sido comprender que el músculo no solo sirve para movernos.

Cuando se contrae, libera numerosas proteínas señalizadoras conocidas como mioquinas. Estas sustancias viajan por el torrente sanguíneo y actúan sobre diferentes órganos y tejidos.

Entre sus funciones se encuentran:

  • regular el metabolismo de la glucosa;
  • mejorar la sensibilidad a la insulina;
  • disminuir procesos inflamatorios crónicos;
  • favorecer el funcionamiento del sistema inmunitario;
  • participar en la comunicación entre músculo, hígado, tejido adiposo y cerebro.

Algunas mioquinas, como la interleucina-6 (IL-6) liberada durante el ejercicio, la irisina, la oncostatina M o la SPARC, han despertado un enorme interés en la investigación oncológica. En modelos experimentales se ha observado que determinadas mioquinas pueden influir sobre procesos relacionados con la proliferación celular, la inflamación y el microambiente tumoral.

Aunque estos mecanismos todavía continúan siendo objeto de investigación y no pueden extrapolarse de forma directa a todos los pacientes, los resultados obtenidos hasta la fecha ayudan a explicar por qué el ejercicio produce beneficios tan amplios en personas con cáncer.

Mucho más que mejorar los efectos secundarios

Los beneficios del entrenamiento de fuerza durante el tratamiento oncológico están ampliamente demostrados.

Diversas revisiones sistemáticas y metaanálisis muestran que los programas supervisados de ejercicio ayudan a:

  • reducir la fatiga asociada al cáncer;
  • mantener o aumentar la masa muscular;
  • mejorar la fuerza y la capacidad funcional;
  • disminuir la pérdida de condición física provocada por algunos tratamientos;
  • mejorar la calidad de vida;
  • reducir síntomas de ansiedad y depresión;
  • favorecer una mayor autonomía en las actividades cotidianas.

Además, en algunos tipos de cáncer, como el de mama y el de próstata, una mayor actividad física después del diagnóstico se ha asociado con mejores tasas de supervivencia y una menor mortalidad. Es importante señalar que estas asociaciones no demuestran que el ejercicio sea el único responsable de estos resultados, pero sí respaldan su incorporación como parte del tratamiento integral del paciente oncológico.

El entrenamiento de fuerza: una herramienta terapéutica basada en la evidencia

Hoy sabemos que el entrenamiento de fuerza no debe entenderse únicamente como una forma de ganar músculo.

Cada sesión de ejercicio desencadena respuestas metabólicas, hormonales e inmunológicas que benefician al organismo. La contracción muscular favorece la liberación de mioquinas, mejora el control de la glucosa, reduce la inflamación crónica de bajo grado y ayuda a preservar la masa muscular, un factor estrechamente relacionado con una mejor evolución clínica y una mayor tolerancia a los tratamientos oncológicos.

Por este motivo, las principales sociedades científicas internacionales, como el American College of Sports Medicine (ACSM) y la Exercise & Oncology Roundtable, recomiendan que las personas con cáncer, siempre que su situación clínica lo permita y bajo la supervisión de profesionales cualificados, incorporen programas individualizados de ejercicio que combinen entrenamiento de fuerza, ejercicio aeróbico y trabajo de movilidad.

Conclusión

El músculo es mucho más que el tejido que nos permite movernos. Durante el ejercicio se convierte en un órgano metabólico y endocrino capaz de influir positivamente sobre numerosos procesos fisiológicos.

Aunque el ejercicio físico no sustituye a la cirugía, la quimioterapia, la radioterapia o la inmunoterapia, la evidencia científica demuestra que constituye una herramienta terapéutica complementaria de gran valor. Su capacidad para mejorar la condición física, modular el metabolismo, favorecer la liberación de mioquinas y ayudar a preservar la masa muscular convierte al entrenamiento de fuerza en uno de los pilares del abordaje integral del paciente con cáncer.

Cada vez conocemos mejor cómo responde el organismo al ejercicio y cómo esa respuesta puede contribuir a mejorar la salud de las personas con cáncer. Todo apunta a que el músculo, además de aportar movimiento y fuerza, desempeña un papel relevante en la creación de un entorno biológico más favorable para afrontar la enfermedad.

 

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