«Solo he perdido un kilo… ¿de verdad está sirviendo de algo?»

Empiezas a caminar con más frecuencia. Decides apuntarte al gimnasio. Intentas ser más constante y haces un esfuerzo que hace unos meses parecía imposible.

Han pasado varias semanas.

Te notas algo mejor, pero cuando subes a la báscula descubres que apenas has perdido uno o dos kilos.

Es entonces cuando aparece una duda muy frecuente:

«¿Está funcionando realmente el ejercicio?»

Muchas personas abandonan precisamente en este momento.

No porque el ejercicio no esté produciendo beneficios, sino porque esperan que todos esos cambios se reflejen inmediatamente en el peso corporal.

Sin embargo, la investigación científica actual muestra una realidad muy diferente.

El cuerpo puede empezar a mejorar mucho antes de que la pérdida de peso sea evidente.

Comprender esto puede cambiar por completo la forma de valorar el progreso.

El organismo empieza a cambiar desde las primeras semanas

Cuando comenzamos a realizar ejercicio de forma regular no solo aumentamos el gasto energético.

En realidad, empiezan a producirse numerosas adaptaciones fisiológicas que afectan al funcionamiento de prácticamente todo el organismo.

Algunas son visibles.

Otras ocurren de forma silenciosa.

Pero todas ellas contribuyen a mejorar la salud.

Esto significa que una persona puede estar obteniendo beneficios importantes incluso cuando la báscula apenas refleja cambios.

Por eso limitar el éxito únicamente al peso corporal puede llevarnos a una conclusión equivocada.

¿Qué ocurre realmente dentro del cuerpo?

En 2024, Wang y colaboradores publicaron una revisión sistemática con metaanálisis en red en la que compararon diferentes modalidades de entrenamiento en adultos con sobrepeso y obesidad.

El objetivo no era únicamente analizar cuánto peso perdían las personas.

También estudiaron cómo respondía su metabolismo.

Los resultados mostraron que distintos programas de ejercicio eran capaces de producir mejoras relevantes en diferentes indicadores relacionados con la salud metabólica.

Entre ellos destacaban:

  • una mejora de la sensibilidad a la insulina;
  • una disminución de la presión arterial;
  • mejoras en los niveles de colesterol y triglicéridos;
  • una reducción del riesgo cardiometabólico.

Uno de los aspectos más interesantes del estudio fue comprobar que muchas de estas mejoras aparecían aunque la pérdida de peso fuera relativamente modesta.

Esto significa que el organismo puede estar funcionando mejor incluso cuando la báscula todavía no refleja grandes cambios.

El peso no siempre es el primer indicador que cambia

Durante años hemos aprendido a evaluar el éxito únicamente mediante los kilos perdidos.

Sin embargo, el cuerpo no mejora siguiendo necesariamente ese orden.

Es posible que antes de observar una reducción importante del peso ya se estén produciendo cambios como:

  • una mejor regulación de la glucosa;
  • una disminución de la presión arterial;
  • una reducción de la grasa abdominal;
  • una mayor capacidad para realizar esfuerzo;
  • una mejor respuesta cardiovascular;
  • una disminución del riesgo de desarrollar complicaciones metabólicas.

Ninguno de estos cambios suele apreciarse al subir a una báscula.

Pero todos ellos tienen un enorme impacto sobre la salud.

Por eso muchas personas abandonan demasiado pronto.

No porque el ejercicio no esté funcionando.

Sino porque están utilizando un indicador que solo muestra una pequeña parte del proceso.

¿Qué tipo de entrenamiento ofrece mejores resultados?

La evidencia científica actual indica que no existe una modalidad única capaz de resolver por sí sola todos los problemas relacionados con la obesidad.

Cada tipo de ejercicio produce adaptaciones diferentes.

El ejercicio aeróbico mejora especialmente la capacidad cardiorrespiratoria y favorece el gasto energético.

El entrenamiento de fuerza aumenta la capacidad funcional, mejora la fuerza muscular y ayuda a conservar la masa muscular.

Cuando ambos se combinan, sus beneficios también se complementan.

Una revisión sistemática publicada en 2023 concluyó que los programas que integran ejercicio aeróbico, entrenamiento de fuerza e intervención nutricional consiguen mejores resultados globales que las intervenciones aisladas, mejorando la pérdida de grasa corporal, la función física y la preservación de la masa muscular durante los procesos de pérdida de peso.

Esto no significa que todas las personas deban realizar exactamente el mismo programa.

Significa que un abordaje completo suele ofrecer más beneficios porque actúa sobre diferentes mecanismos al mismo tiempo.

El músculo también forma parte del tratamiento

Existe otra idea que merece especial atención.

Muchas personas piensan que el músculo únicamente sirve para tener un aspecto más atlético.

La realidad es muy distinta.

El tejido muscular participa activamente en numerosos procesos relacionados con la salud.

Conservar la masa muscular ayuda a:

  • mantener la fuerza;
  • preservar la autonomía;
  • facilitar las actividades de la vida diaria;
  • mejorar el metabolismo de la glucosa;
  • proteger la funcionalidad durante el envejecimiento;
  • favorecer un mejor estado cardiometabólico.

En 2025, Binmahfoz y colaboradores analizaron los efectos del entrenamiento de fuerza en personas con obesidad sometidas a programas de pérdida de peso.

Los resultados mostraron que quienes incorporaban entrenamiento de fuerza conservaban una mayor cantidad de masa muscular, mejoraban su fuerza y obtenían beneficios adicionales sobre distintos marcadores cardiometabólicos.

Esto es especialmente importante.

Porque perder peso no debería implicar perder capacidad física.

Un tratamiento eficaz busca reducir grasa mientras protege aquellos tejidos que son esenciales para la salud.

¿Y qué papel tiene la alimentación?

Hablar de alimentación no significa hablar de dietas extremas.

Significa entender que el ejercicio y la nutrición cumplen funciones diferentes y complementarias.

Mientras la alimentación puede facilitar el balance energético cuando existe un objetivo de pérdida de peso, el ejercicio aporta beneficios que van mucho más allá del número de calorías consumidas.

Una revisión publicada por los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) concluyó que los programas que combinan actividad física con educación nutricional consiguen pérdidas de peso clínicamente relevantes, mejoran la adherencia a largo plazo y reducen diferentes factores de riesgo cardiovascular.

Quizá el dato más importante no sea la pérdida de peso.

Sino la adherencia.

Porque el mejor programa no es el que consigue los mayores cambios durante unas pocas semanas.

El mejor programa es aquel que una persona puede mantener durante años formando parte de su vida cotidiana.

La verdadera pregunta no es cuánto peso has perdido

Después de conocer toda esta evidencia, quizá la pregunta deba cambiar.

En lugar de preguntarnos únicamente:

«¿Cuántos kilos he perdido?»

Podemos empezar a preguntarnos:

  • ¿Mi presión arterial ha mejorado?
  • ¿Tengo mejores análisis?
  • ¿Me canso menos al caminar?
  • ¿Tengo más fuerza?
  • ¿Duermo mejor?
  • ¿Puedo hacer actividades que antes evitaba?
  • ¿Mi cintura ha disminuido?
  • ¿Me encuentro físicamente más capaz?

Todas estas respuestas también forman parte del éxito del tratamiento.

Y muchas veces aparecen antes que una pérdida importante de peso.

Lo que todavía no sabemos

Aunque la evidencia disponible es muy sólida, todavía quedan preguntas abiertas.

No todas las personas responden igual al mismo programa de ejercicio.

La genética, el sueño, el estrés, la medicación, la alimentación, las enfermedades asociadas y otros muchos factores pueden modificar la respuesta.

Tampoco conocemos con exactitud cuál es la combinación ideal de ejercicio para cada perfil de paciente.

Por eso los programas deben adaptarse de forma individual, teniendo en cuenta las características, necesidades y objetivos de cada persona.

La obesidad es una enfermedad compleja.

Su tratamiento también debe serlo.

¿Qué significa todo esto para ti?

Significa que no deberías abandonar un programa de ejercicio únicamente porque la báscula todavía no refleje grandes cambios.

Tu cuerpo puede estar mejorando mucho antes.

Puede que tu metabolismo funcione mejor.

Puede que tu riesgo cardiovascular esté disminuyendo.

Puede que estés conservando músculo mientras reduces grasa.

Puede que tu capacidad física esté aumentando.

Puede que hoy puedas hacer cosas que hace unos meses resultaban mucho más difíciles.

Todo eso también es progreso.

Y todo ello tiene un enorme valor para tu salud presente y futura.

Conclusión

El ejercicio no actúa únicamente ayudando a perder peso.

Produce adaptaciones que mejoran el funcionamiento del organismo, favorecen la salud metabólica y reducen el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares, incluso cuando la pérdida de peso todavía es modesta.

La combinación de ejercicio aeróbico, entrenamiento de fuerza y una intervención nutricional individualizada constituye actualmente uno de los abordajes con mayor respaldo científico para el tratamiento del sobrepeso y la obesidad.

Sin embargo, el verdadero éxito no debería medirse únicamente por los kilos perdidos.

También debería medirse por todo aquello que el cuerpo empieza a recuperar: fuerza, capacidad física, salud metabólica, autonomía y calidad de vida.

Porque muchas veces la báscula tarda en contar una historia que el organismo ya ha empezado a escribir.

El objetivo no debería ser pesar menos. El objetivo debería ser tener un cuerpo más saludable.

Y hay otra idea que merece ser recordada cada vez que aparezca la frustración:

Tu salud puede estar mejorando mucho antes de que la báscula empiece a contarlo.

Referencias científicas principales

  • Wang H. et al. Comparative efficacy of exercise training modes on systemic metabolic health in adults with overweight and obesity. Frontiers in Endocrinology. 2024.
  • A systematic review on the effectiveness of diet and exercise in the management of obesity. 2023.
  • Binmahfoz A. et al. Effect of resistance exercise on body composition, muscle mass and cardiometabolic health… 2025.
  • Rotunda W. et al. Weight Loss in Short-Term Interventions for Physical Activity and Nutrition. Preventing Chronic Disease (CDC). 2024.

 

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